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El Feminicida de Ecatepec

Un Monstruo Funcional al Sistema Patriarcal

Por: Francisco Emilio de la Guerra

 

 

 

Más allá del espectáculo temporal y morboso que proporciona un criminal fuera de serie, un psicópata o sociópata feminicida, es pertinente analizar la normalización de la violencia feminicida que se disimula en algunos medios, principalmente en los dedicados a reseñar con morbo los crímenes o nota roja (incluso agregando la etiqueta #Niunamás, como una coartada de esta normalización), que pretende eludir u olvidar la responsabilidad sistémica que empoderó a grupos delincuenciales y su cultura criminal patriarcal adyacente, denunciando a los “monstruos” que habitan entre “nosotros”.

 

Así, etiquetar periodísticamente a un criminal como “monstruo” permite, además de incrementar las ventas, separarlo del conjunto social y presentarlo como una anomalía en un entorno supuestamente armónico, “normal”, que es desestabilizado por lo “siniestro extraño”, que desemboca en un desafío al orden social, pero que no se percibe perturbador por su acción criminal ni por sus víctimas en sí, sino por remarcar la diferencia con el “nosotros”. Permite trazar de una manera muy eficaz la frontera entre “ellos” y “nosotros”. Sí, “él” camina entre “nosotros”, dice un articulista, pero si “ellos” habitan en “nosotros”, como cuerpo social, tenemos que localizarlos y en consecuencia defendernos de una parte “misteriosa”, inexplicable, del “nosotros” mismos.

 

Es decir, la existencia de un “monstruo” como el de Ecatepec se presenta, en consecuencia, como un castigo social por no permanecer vigilantes ante la amenaza de lo ominoso y extraño que habita de manera misteriosa dentro del “nosotros”. Así, ese “otro” permite legitimar la persecución a la diferencia y a la transgresión de la “normalidad”, permite convertir a la víctima en cómplice de su verdugo, justifica la psicosis social y el linchamiento metafórico y literal, la amputación social por ejemplo de la “guerra al narco”, antes que diagnosticar por qué una parte del “nosotros” ha enfermado y se reproduce como un cáncer en la sociedad, si las metáforas médicas son permitidas.

 

También es verdad que, según el psicoanálisis de Freud, lo monstruoso es un desprendimiento de lo familiar, en el sentido patriarcal del término. Por eso no resulta extraño que el feminicida de Ecatepec fuese la cabeza de una familia en apariencia “normal” y que asumiera su depredación como una labor justiciera ante la transgresión a la “norma(lidad)” de un tipo de mujeres, porque siente que no entraba en contradicción con los valores sociales dominantes sobre lo familiar. Tampoco sorprende que el feminicida se dirija a sus interrogadores como “patrones” o “patrón”, porque él mismo asume esa función con respecto a sus víctimas, una jerarquía con base biológica y social, que ha sido adoptada en la esfera criminal.

 

En este sentido de lo inexplicable, no ayuda observar el fenómeno hiperbólico de la violencia feminicida desde una psicología estilo Disney, del Inside out, en el cual la anomalía emocional es producto de un universo cerrado en sí mismo, de sinapsis inexplicables si no es a través de sensores y estudios neo frenológicos y de la química cerebral, o mediante un manual de transtornos mentales que permite identificar las pulsiones criminales y tratarlas mediante fármacos para restablecer el equilibrio en un entorno que sólo sirve de marco, pero que no tiene una relación dinámica con el desarrollo de una personalidad, pues parte de la idea genética y determinista de que un criminal nace, no se hace.

 

Sin embargo, un monstruo es, según lo presenta el Frankenstein de Mary W. Shelley, una creación demasiado humana, producto de una traición divina y del paraíso perdido en nombre, actualmente, no de la ciencia sino más descarnadamente de un paraíso de mercado, de sistema, que ha creado también sus purgatorios y sus infiernos sociales, como ha ocurrido en el México presente, que justifica sus acciones incluso criminales por los valores que este sistema le presenta como ideales, entre ellos la masculinidad violenta y la competencia.

 

Por otra parte, un criminal, como sabía Dostoievski desde el siglo XIX, no es absolutamente un ser insensible, carente de angustia, transparente en sus motivaciones, como lo aparenta el feminicida de Ecatepec; un interrogatorio psicológico profesional podría mostrar esa angustia criminal; sin embargo, la mayoría de los medios, reproduciendo acríticamente la versión de este asesino, destacan su absoluta falta de empatía y su egocentrismo, sin cuestionarse si no se trata de una puesta en escena largamente meditada, una “telenovela” familiar al estilo “Señorita Laura”, a partir de un discurso legitimizado que justifica el odio a las mujeres por el antecedente de una mala madre y de un abuso sexual sufrido durante su infancia, sin olvidar la historia del golpe en la cabeza, que supuestamente le hizo tomar consciencia de otras cosas (de índole sexual posiblemente) que niños de su edad ignoraban. Estos indicios apuntan a un entorno justificador y protector, que justifica el mal como en el caso de Gilles de Reis, y lo convierte en héroe de una “cruzada” antifemenina.

 

Sin embargo, es su pareja, Patricia N, catalogada rápidamente por las autoridades como “retrasada mental”, la que rompe este cómodo esquema para consumo popular a través de los medios y arroja una luz sobre sus motivaciones ocultas desde su trabajo de sicario para un tal “Charly de Tepito” desde hace más de diez años, cuando se conocieron. Es decir, que dicho testimonio señala que la “metodología” criminal del feminicida posiblemente fue adquirida en su labor de sicario (aunque esta parte de su historia es desconocida), lo que conecta su conducta con un entorno criminal más amplio, sistémico, por lo cual no puede ser reducido psiquiátricamente al de la psicopatía y el trauma familiar, tiene que ser vinculado a la sociopatía que encuentra en la descomposición social su ambiente digamos “natural” para ejercer el poder.

 

En este sentido, el hecho de que el feminicidio se haya multiplicado en México en una proporción industrial nos obliga a ver el fenómeno de la sociopatía como resultado de una época. Sin embargo, no creo que sea expresión, como dice un articulista, “del México de estos tiempos tan jodidos”, refiriéndose posiblemente sólo al presente contexto político, sino que tiene largos antecedentes, como bien lo recuerda el aniversario de 1968, e incluso más recientes en el campo político y económico, como el del salinismo (1988-1994) y la firma del ex Tratado de Libre Comercio de América del Norte, las múltiples matanzas de campesinos, migrantes y estudiantes, y la llamada guerra al narco.

 

A partir de la adopción de un modelo económico y la movilización de la población (sobre todo de migrantes femeninas) como mano de obra barata a las maquilas, así como del abandono de valores sociales como el de la educación y la salud (incluida en ella la salud reproductiva), la sociedad mexicana se precipitó en un abismo de feminicidios que tuvo su principal epicentro primero en Ciudad Juárez, en los años 90 del pasado siglo, y que se ha ido extendiendo por el país hasta hacer de Ecatepec, en el Estado de México, su foco más extremo y visible.

 

La maquila, el tráfico de drogas y el uso de mano de obra barata, el crecimiento desbordado de poblaciones, la corrupción policiaca y política, la difusión abierta de una cultura misógina y el crecimiento de religiones de la desesperación como el culto a la “Santa Muerte”, la pederastia, la corrupción clerical, etc., forman el “caldo de cultivo” del fenómeno de violencia que antes fue invisible.

 

¿Qué hacer ante este oscuro panorama?

 

En primer lugar, la prensa y las autoridades deben referirse a estos criminales como feminicidas y evitar sobrenombres que contribuyen a popularizarlos, pero que ocultan las causas profundas de un fenómeno que nos enferma; se debe buscar una explicación que además de incluir las explicaciones generales sobre la pobreza y las familias en desintegración, incluya la crítica a la “padreversión” (perversión de la cultura patriarcal según Kristeva), que culpa a las “malas madres”, como lo hace el feminicida de Ecatepec.

 

Además, se debe indagar las ligas de los feminicidas con las redes criminales, pues de poco sirve asomarse a un abismo si no se busca una explicación y una solución a fondo que ataque la fuente de esta cultura misógina, ligada además a la trata de personas, incluidas los niños y las niñas.

 

Ante el vacío de sentido, que presenta la realidad mexicana con los feminicidios, es necesario mostrar su sentido como producto de una cultura degradada que ha empoderado la violencia y la delincuencia como atributos del poder, que tiene en la violencia feminicida su rostro más abominable.

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