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¿El Primer informe, una súper mañanera?

Por: José Luis Avendaño C.

 

 

“Ya se sabe que los liberales,

Dios mediante,

hacen gimnasia con pompas de jabón”.

Curzio Malaparte

 

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El próximo 1 de septiembre se cumplirán nueve meses del actual sexenio de Andrés Manuel López Obrador. Ningún político o presidente polarizado tantas opiniones, a favor y en contra. Ha cultivado entre los diferentes sectores sociales, una relación de amor-odio. Nada de medias tintas.

 

Es el día en que el Presidente entrega su Informe de Gobierno de los recientes doce meses (en el caso del primer informe, de nueve meses de gestión). Por mucho tiempo, el 1 de septiembre fue el Día del Presidente (digamos que durante la etapa priista). ¿Quién no recuerda su larga comparecencia de horas, frente a diputados, senadores, su gabinete en pleno e invitados especiales, y el besamanos que le seguía; todo, fielmente captado, capturado por la radio y la televisión, que se enlazaban en cadena nacional, donde familias enteras seguían, fielmente, las frases y los conceptos del Señor Presidente. Hasta que terminó la unanimidad y comenzó la disidencia parlamentaria, que culminó por las protestas alrededor del recinto legislativo, que haría que Carlos Salinas decidiera dejar de asistir a la Cámara de Diputados y sólo entregara el Informe por escrito, y diera un discreto mensaje televisivo en  la noche de ese día.

 

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Hoy, la expectativa es si el Presidente irá a San Lázaro el próximo domingo, donde tiene una cómoda mayoría legislativa, y qué tipo de informe de y mensaje dará, después de sus acostumbradas conferencias mañaneras, donde ha abordado casi todos los temas. Tendrá que ampliarlas y profundizarlas, explicarlas y justificarlas. Si algunas son herencias del neoliberalismo, otras, como las de carácter económico, no parecen ser muy diferentes. ¿Será una súper mañanera, una mañanera plus?

 

Al ser la austeridad republicana –en el sentido juarista— una sus banderas, una de sus primeras medidas fue la de cancelar las obras de ampliación del Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México, con muchos hoyos negros en cuanto a recursos, y que luego de nueve meses continúa bajo litigio. Este hecho lo enemistó (¿más?) con inversionistas, que vieron tambalear su negocio; situación que inauguró un juego de equivocaciones, que dura hasta hoy: las calificadoras internacionales descalificaron al país (el programa de gobierno), al reducir el riesgo-país y las expectativas de crecimiento. En respuesta, el Presidente descalificó a las calificadoras.

 

En la relación con sus críticos, a éstos los tilda de conservadores o reaccionarios, en un lenguaje decimonónico, concretamente de la época de Benito Juárez como político y estadista (1857-1872), de donde surgieron las Leyes de Reforma y el Estado laico (su separación de la Iglesia católica) y el de la República restaurada, luego de vencer a la intervención francesa y el fugaz imperio de Maximiliano; hechos, todos, que consolidaron el Estado Nacional mexicano (la tercera transformación), frente al amago omnipresente de Estados Unidos. Juárez encabezó a un grupo de políticos liberales que eran creyentes (excepto Ignacio Ramírez), que rubricaban sus textos con la frase: “Dios y Libertad”.

 

Estos mínimos antecedentes históricos son necesarios para tratar de comprender y explicar la actitud de López Obrador y su alusión a lasbenditas redes sociales, que contrarrestan el papel de los grandes medios, o su llamado de amor y paz hacia el pueblo Estados Unidos, no obstante las actitudes provocadoras y racistas de Donald Trump, que busca su reelección.

 

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“¿Qué tanto es tantito?”, era una de las frases del recién desaparecido Armando Ramírez. Y este tantito puede ser poco o mucho, hasta el infinito. Una manera de precisar, de atrapar el tiempo: la diferencia entre ahora y ahorita, en el que puede transcurrir un periodo más o menos corto o largo, a discreción, a capricho, asegún, para lo cual se tiene que recurrir al concepto exacto del ahoritita (en este momento).

 

Todo este rodeo, para referirme al dato del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), en el sentido de que en el primer trimestre México creció 0.1 por ciento. ¿Poco, poquito o poquísimo? De cualquier manera, un crecimiento errático, mediocre, A una rayita del crecimiento cero (en el segundo trimestre, que significa un virtual estancamiento. A un paso de la temida recesión, convertida, no sólo en un feo concepto económico, sino innombrable. Más, teniendo en cuenta los antecedentes inmediatos de la economía mexicana y el inestable contexto internacional.

 

El gobierno de López Obrador se propuso romper con el dos por ciento de crecimiento anual de los pasados seis sexenios (de Miguel de la Madrid a Enrique Peña Nieto), dominados por el esquema neoliberal; a todas luces, insuficiente para las necesidades del país y su población más pobre (calculada ya en 80 millones), y lejos de su potencial, que se encuentra apenas en una tercera parte. Un obstáculo, junto a la subordinación a las decisiones de Wall Street y Washington, está el peso de la deuda, camisa de fuerza de la economía mexicana.   

 

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En su ataque al modelo neoliberal, que lleva al capitalismo al extremo depredador, López Obrador se asume como liberal, en la tradición juarista, cuando el capitalismo asomaba su vocación imperialista. En ese afán descalifica a sus críticos de conservadores y reaccionarios, quienes no comprenden su programa de gobierno de salvación del sistema. Su divisa de “primero los pobres”, es de inclusión, de participación, al menos como consumidores primarios, del mercado interno. De ahí su énfasis en la distribución, a través de la política social. Falta, sin embargo, la política económica que no anteponga la estabilidad sobre el crecimiento.

 

“No nos comparen, que no somos iguales”, es una de tantas frases coloquiales, que se suma a las de “vamos bien”, “yo tengo otros datos”, o que “no tienen la información completa”; ésta, en referencia a las críticas del neozapatismo, que lucha por otro mundo posible, al margen del capitalismo, un sistema sin remedio. Alcanzar ese otro mundo sería la verdadera transformación. “Me canso, ganzo”…

 

Por lo pronto, “ahora, la libertad está en nuestras manos y a nosotros nos toca gobernarla como nos parezca, si queremos estar a tono con la historia”, diría Malaparte.

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