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2 de Octubre, entre "Anarquistas" y Porros

Por: Francisco Emilio de la Guerra

El Mirador Economía

 

 

Los “anarquistas” queman librerías, atacan a periodistas, lanzan petardos sobre civiles y policías, y no logran esta vez que se desate la represión, como con el PRI y el PAN, ni que los manifestantes se sumen a sus acciones violentas, pese a las performances en las que abundan la destrucción de fachadas y aparadores, los insultos a los policías, las consignas anacrónicas, el lanzamiento de petardos y bombas molotov con la intención criminal de causar heridos, y finalmente el melodrama cuando falsos académicos y estudiantes denuncian al gobierno represor, las detenciones, golpizas y desapariciones que no ocurren, con el fin de generar enfrentamientos. Sus integrantes, sus dirigentes infiltrados, muestran su frustración porque muchos ciudadanos los rechazan y su próxima oportunidad está lejos y no logran llegar al Palacio Nacional ni dejar su mensaje de odio al gobierno de la 4T.

 

La violencia “anarquista”, que busca legitimar o naturalizar su presencia en las protestas y manifestaciones que han ocurrido en lo que corre de este gobierno de izquierda, es un fenómeno que parece misterioso y sospechoso, aunque se encubra con causas y demandas de justicia, es decir, aunque se presente emocionalmente como una violencia justa, indignada, solidaria, por ejemplo en las protestas feministas, la marcha por el quinto aniversario de la desaparición de los estudiantes normalistas de Ayotzinapa o la conmemoración del 2 de octubre de 1968.

 

Su “acción directa” contra el Estado, como gustan llamar a su violencia, no es nueva, pero antes de este gobierno, su actuación servía para justificar la consecuente represión generalizada por parte de los gobiernos federal y de la Ciudad de México, que perseguía desmovilizar a la sociedad. 

 

Ahora, parte de su acción parece una protesta porque ya no se da esa respuesta represiva que supuestamente les da razón de ser, porque ya no se golpea a ninguno de los manifestantes que se han plantado a lo largo de este año frente al Palacio Nacional, en el Zócalo del país, o porque las policías y ejército ya no realizan masacres en sus operativos contra la delincuencia, aunque en sus escasas pancartas denuncien la “gera sucia” del gobierno.

 

Pero, además de la luminosa quema de una librería, ¿cuáles son los triunfos políticos de este anarquismo”? 

 

Bastantes, pero es suficiente con recordar algunos de los más importantes y recientes: gracias a la violencia “libertaria” lograron, por ejemplo, desarticular al movimiento #yosoy132 que impugnaba la elección fraudulenta de Enrique Peña en 2012… y desviar la atención de la represión que se realizó durante su toma de posesión el 1 de diciembre de ese año, que causó varios heridos graves, algunos de los cuales murieron, como el dramaturgo Francisco Kuykendall.

 

También la violencia “libertaria” dio el pretexto para que los gobiernos de Peña y Mancera, con el beneplácito de los medios masivos de comunicación, desalojaran con la “libertaria” Policía Federal el plantón de maestros en protesta contra la “reforma educativa” en 2013 y cancelaran el derecho a protestar en el Zócalo. 

 

Tras esos “triunfos” sobre el Estado, los grupos “anarquistas” desaparecieron, es decir, abandonaron la acción directa, dejaron de intentar la supresión del Estado opresor, hasta que la prohibición de ingresar al centro sagrado del poder fue rota por la indignación que causó la desaparición forzada de los 43 normalistas de Ayotzinapa, y entonces los “anarquistas” volvieron a aparecer, para reventar una y otra vez las protestas por justicia y opacar las denuncias contra el viejo régimen, es decir, para fortalecer en los hechos la endeble posición del Estado, del viejo régimen que coloquialmente se llama prianista.

 

Con ese patrón extraño de actuación, en las organizaciones sociales se pensaba que su “acción directa” era patrocinada desde los mismos gobiernos federal y de la ciudad, para reventar las movilizaciones” y para justificar la violencia estatal, pues en los hechos las acciones “anarquistas” justificaban la actuación represiva de las autoridades con el beneplácito de los medios de comunicación y partes del sector privado que hoy en día llaman a utilizar la que eufemísticamente se denomina “fuerza legítima del Estado” y, conservadoramente, “todo el peso de la ley”, el “Estado de derecho”.

 

La 4T, su objetivo actual

 

Pero entonces cambió el régimen el 1 de julio de 2018 y el nuevo gobierno prometió no utilizar la represión contra los movimientos sociales, y como una muestra de su compromiso decretó la disolución del Cuerpo de Granaderos, antigua demanda del movimiento del 2 de octubre de 1968, y aún más, la supresión de la represiva y corrupta Policía Federal.

 

Y sin embargo, desde la oscuridad política, los “anarquistas” se mueven, actúan, continúan sus acciones de provocación, y lo hacen con mayor furia y odio contra el nuevo gobierno. ¿Por qué? 

 

Carecen de un programa, carecen de una ideología definida más allá de la etiqueta degradada del “anarquismo”, son incapaces de transmitir un pensamiento crítico dentro de la sociedad, pues confunden pensamiento con el odio irracional; su única opción es la performance violenta con su vestimenta negra, sus capuchas y sus petardos, que se incrusta en las protestas sociales, pero no en todas, sólo en las de izquierda. 

 

No actúan al lado de las marchas de la derecha, tampoco al lado de los denominados “antorchistas”, el grupo “maoísta” paramilitar del PRI fundado por Raúl Salinas, con quienes tienen demasiada semejanza; tampoco al lado de los ambulantes o de las porras de futbol. No lo hacen en otros estados donde la opresión y represión es y ha sido cruda como en Guerrero, Jalisco, Guanajuato, Michoacán, Nuevo León, o donde hay fuertes movimientos sociales como en Oaxaca o Chiapas.

 

Pero están organizados, tienen jerarquías políticas invisibles que apuntan al viejo régimen y un propósito ciego que acatan sin crítica: Si antes trataban de reventar las protestas contra el antiguo régimen, ahora tratan de dividir a los movimientos sociales y separarlos de una confluencia con el gobierno de la 4T. Intentan transmitirles, por medio de la pedagogía del petardo, el mensaje de una continuidad de caricatura entre un régimen y otro, tratan de convencerlos de que los cambios de políticas son una manera perversa de fortalecer al Estado neoliberal. 

 

Ahora anhelan incrustar en los movimientos sociales, entre los estudiantes, las feministas, los indios, la idea de que este gobierno es su enemigo; tratan de inculcar  su odio a un proyecto que los ha despojado, como a la derecha, absolutamente de todas sus “banderas” huecas de justicia, igualdad, libertad y autonomía, que los está dejando aislados. Por eso se perciben tan frustrados como la derecha. 

 

El movimiento estudiantil de 1968 inició en julio de ese año a causa de un oscuro ataque de grupos porriles priistas de la Vocacional 5 a estudiantes de la preparatoria particular “Isaac Ochotorena”, lo que “justificó” la represión violenta por parte del Cuerpo de Granaderos del entonces Departamento del Distrito Federal y la intervención del ejército. La historia es conocida y desembocó en la matanza de la Plaza de las Tres Culturas y la elección de Luis Echeverría, el secretario de Gobernación detrás de la represión, como presidente de México dos años después. 

 

Ahora, los grupos “anarquistas” actúan de una manera similar, aunque fantasiosa: tratan de generar represión, tratan de causar muertos o heridos, tratan de generar una situación que les permita derribar al régimen de la 4T y sustituirlo por algún otro que posiblemente restaure el neoliberalismo, la corrupción y la represión, porque ellos sólo son peones del juego político entre la 4T y los poderes fácticos. Porque estos “anarquistas” sólo han sido y son los mejores aliados del viejo régimen.

Limpiando los textos desarticulados de los protestantes violentos
Limpiando los textos desarticulados de los protestantes violentos

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