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El López Obrador conservador

Por: José Luis Avendaño C.

El Mirador Economía

 

 

En su obsesión de ver en el neoliberalismo el origen de todos los males del país, el presidente Andrés Manuel López Obrador revive la guerra entre liberales y conservadores, que data del siglo XIX. Problemas que, como el de la corrupción, ha hecho de su combate, una prioridad de su gobierno. Pero, en primer lugar, muchos problemas son añejos, pero que recientemente se han exacerbado con el ciclo neoliberal, como el de la desigualdad; y en segundo lugar, ni todos en su gobierno son de estirpe liberal, en el sentido de Juárez y Madero –de quienes se siente heredero—, ni todos los que están fuera de la administración federal, son conservadores vendepatrias, cuando sólo defienden sus tierras y recursos de la rapiña y voracidad del capital.

 

En su primer informe de gobierno, Andrés Manuel López Obrador reconoció que el doble asunto de la inseguridad y la violencia era la asignatura pendiente de su administración, y que se verían resultados claros en un año más, es decir, el próximo mes de diciembre. Su gestión se ha concentrado en lo que considera la raíz de todos nuestros males: la corrupción, y contra ella ha enfocado su combate. Otra forma de (la) violencia, u otra cara del sistema. Un rostro multiforme, deforme. Un problema, el de la corrupción, que viene de los tiempos de la colonia, cuando se vendían títulos nobiliarios y se traficaba con toda clase mercancías, que así, igualmente, se consideraba a los esclavos. Algo que no es exclusivo de México. También, se halla en Estados Unidos, como parte de su colonización o expansionismo, verdadera política de Estado, hacia el sur y oeste, y que es piedra angular de su política exterior; una visión religiosa (el destino manifiesto, para comenzar) que comparten republicanos y demócratas.

 

Este mecanismo tan enraizado, que se afinó en la etapa neoliberal, es el que el presidente López Obrador quiere desmontar, no sin contradicciones. Al referirse a la historia, compara el neoliberalismo como una especie de neoporfirismo, que significa llevar al extremo el liberalismo económico (Juárez murió a tiempo), y una modernización excluyente. Muchos de los más conspícuos beneficiarios y representantes del modelo neoliberal, lo rodean, acompañan y vigilan, para que no se salga del huacal. Éste es uno de los límites objetivos de la 4T (cuarta transformación) que, como las anteriores, no significa romper o salirse del esquema capitalista, globalmente dominante, sino adecuarse a sus necesidades.

 

En la estructura patriarcal dominante, anterior al capitalismo, la mujer se halla sometida al hombre, y su posesión se en convierte botín de guerra. Con el capitalismo, este proceso alcanza su grado más elevado: la mujer, es decir, su cuerpo, es una mercancía más, objeto de compraventa y explotación, cuando no de esclavitud, como bien lo ha documentado Lydia Cacho. Y allí está el movimiento global #MeToo (#YoTambien), que derivó de las acusaciones contra Harvey Weinstein, productor de Hollywood, por acoso y abuso sexual, maneras inequívocas de violencia que ha dado lugar a dos conceptos: el de violencia de género y el de feminicidio; experiencias que en México cobran, en los días que corren, una enorme relevancia. Violencia precedida de discriminación y desprecio, que empieza en el ámbito del hogar y la familia, y desde el lenguaje. Bellas metáforas como que son la mitad del cielo, no pueden ocultar o ignorar siglos de opresión.

 

Frente a la escalada de violencia contra las mujeres en el país, cuyos más recientes símbolos son Ingrid y Fátima, muchas se han lanzado a las calles, para gritar: ¡Basta! Marchas y pintas, así como tomas de recintos universitarios, son las manifestaciones más recientes. Después de más de cuatro meses, la Prepa 9, mi almita máter, continúa ocupada. ¡Ni una más!  Es el significado del paro nacional Un día sin mujeres, convocado para el lunes 9, un después del Día Internacional de la Mujer, y al que se han sumado grupos y sectores que, como la Iglesia y el empresariado, están lejos de ser feministas. De manera tibia y de dientes pa’fuera, la apoyan y otros, simplemente, se lavan las manos, como el mismo López Obrador. Será un hombre de buena voluntad, pero el aparato judicial es, dicho en buen español, es una subestructura machista.

 

Paro del que desconfió desde su anuncio el presidente, que recuerda el papel de las mujeres en el cacerolazo, que precedió al golpe pinochetista en Chile, el 11 de septiembre de 1973. Percibe mano negra en la convocatoria y aires conspiratorios y de golpismo en su contra. Más que la reelección, que ha insistido en que no la busca, como advierte una derecha recalcitrante –ambos con necedad—, el presidente, por su formación, desea ser más que Juárez y Madero.

 

López Obrador es un político liberal en muchos asuntos públicos, pero definitivamente conservador en otros de carácter social que involucran a la familia y la mujer, por ejemplo, opuesto al aborto, aparentemente dejándoles libertad de elegir. Pero, la libertad implica responsabilidad e información. Quedan en el aire las condiciones económicas, políticas, sociales y culturales para que hagan su mejor elección de vida. Que sea conservador, sólo quiere decir que busca preservar los que él considera que son las tradiciones familiares, aunque algunas vayan contra los intereses de las mujeres de hoy.

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