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De coronavirus y otros bichos

Por: José Luis Avendaño C.

El Mirador Economía

 

 

De repente se nos apareció el chahuistle, hoy en forma de coronavirus, que viene a descomponer realidades y expectativas. Todos tenemos al respecto una opinión. Y surgen toda clase de hipótesis. Los virus, aunque son tan viejos como la vida del planeta mismo, han sufrido una mutación, en relación al cambio ambiental, y hoy, con el cambio climático, es natural su presencia. Desde que son castigo divino hasta que son producto de manipulación genética; ahora, parte de la guerra comercial entre Estados Unidos y China. Aquí se inserta la tesis del Dr. Trump de que el coronavirus es de origen extranjero y, por lo tanto, extraño. Ese otro, que curiosamente resulta ser chino, y es visto como un enemigo que vulnera instituciones democráticas y se ensaña gente buena e inocente. Noción que se acomoda muy bien a su pensamiento xenófobo de levantar muros y no tender puentes de comprensión.

 

Como en el caso de la crisis económica, donde se habla sobre devaluaciones y tasas de interés, para, finalmente, concluir que “el dinero no alcanza para nada”, nos hemos vuelto expertos en el Covid-19. Hemos pasado a la sobreinformación en los remedios, desde los más sencillos y elementales (la higiene, comenzando por el lavado de manos), cuando no hay una vacuna, como ya existe para la influenza, que nos atacó una década atrás. El resultado es la creación de un ambiente de miedo, que recuerda la invasión alienígena a Nueva York, que narró en 1938 Orson Welles, en una adaptación radiofónica de La guerra de los mundos, de H. G. Wells. La II Guerra Mundial estaba a la vuelta de la esquina.

 

Al declarar la Organización Mundial de la Salud que el Covid-19 es ya una pandemia, de inmediato en el país recordamos el pasado brote de influenza (2009) y otras pandemias que nos han acompañado a lo largo de la historia; prácticamente desde la llegada de los españoles en 1519. Según cifras que cita Enrique Semo en La conquista, catástrofe de los pueblos originarios (Siglo XXI editores. México 2019), en 1518 había en el Anáhuac una población de 25.2 millones de indígenas, y para 1605, solo eran poco más de un millón. Entre las causas de este brutal descenso se encuentra lo que lo que podría calificarse, en lenguaje moderno, de una guerra bacteriológica, para la cual la población, literalmente, no tenía defensas. A la inicial viruela, de la que murió el mismo Cuitláhuac, se sumaron el sarampión, la  varicela, la peste, las paperas y la tosferina, en el lapso de menos de un siglo. Más letales que las espadas, los arcabuces y caballos de los invasores.

 

Cinco siglos después, en medio de compras de pánico de gel antibacterial y cubrebocas, el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (UNICEF, por sus siglas en inglés) da una cifra que nos muestra la desigualdad dominante: tres mil millones de personas, 40 por ciento de la población mundial,  no tienen posibilidad de lavarse las manos con agua y jabón, medida elemental para prevenir afecciones respiratorias y diarreicas; enfermedades que se ensañan con la población más pobre. Una sociedad decaída.

 

Empero, a esta política de prevención se opone la de brazos y abrazos del mismo presidente, que con su sola fuerza moral desafía al mundo y la naturaleza. Además de la coronavirus, la propia Organización Mundial de la Salud afirma hay que lidiar con otra pandemia: la que se deriva del manejo de la información (infodemic, The Guardian, 3/14/2020). Información con vacíos y que oculta o se esconde, falsa, interesada, excesiva o exagerada. Sin contar los desplantes, caprichos y monólogos de López Obrador, que se resumen en la frase: “Yo tengo otros datos”. Todo lo anterior, caldo de cultivo de otros bichos.

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