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Entre el coronavirus, la tragedia y la fiesta

Por: Francisco Emilio de la Guerra

 El Mirador Economía

 

 

Silvya, llamémosla Sylvia, rompe la cuarentena por el covid 19 en busca de empleo o de algún dinero para afrontar este periodo, sale a la calle con su cuerpo aún joven marcado por el trabajo y la pobreza, en sus brazos están las huellas de varias heridas y de la violencia cotidiana; en las calles hay miedo, pero ella, dice burlándose, ha nacido en Polanco, en realidad, quiere decir que no ha nacido en Polanco.

 

Tiene una mirada bella y algunos tatuajes, una A anarquista, pero no ejerce la acción directa contra el sistema ni contra los onvres, es una naúfraga de nuestra modernidad. La mano del Estado para ella es invisible y la mano del mercado también, sin embargo la mano de la economía existe y es inescrupulosamente misógina, racista, clasista, inscribe su huella digital en los cuerpos, y es más poderosa que el virus. 

 

Ella, Sylvia, desconoce posiblemente las redondillas de Sor Juana, esa hermana. Así, tampoco sería la musa de algún becario melancólico del Fonca, porque su historia secreta no transcurre en el Nueva York trágico ausente ahora de millonarios, sino en esta oscuridad llena de ratas y cucarachas, pero con calor, donde un segmento de las clases medias aterrorizada ve cómo se apaga la luz del Estado que permitía vivir en medio de la caverna o del túnel en una realidad que era como un sueño en medio del tráfico hacia el centro comercial. 

 

Mientras la élite, enojada porque injustamente quieren imponerle que pague impuestos, con su rostro adusto por fin sonriente observa ese pánico social y espera. Es la iglesia llena de luz que idolatra a Trump, que cree en la mano invisible de la muerte que no la alcanza, supone, aunque haya contadas excepciones entre alguno de sus corredores de bolsa. 

 

Y en torno, las crónicas basadas en fakes news, que antes se llamaba en el diccionario de Norberto Bobbio Manipulación informativa, que “revelan” que el gobierno incluso maquilla la cifra de víctimas de coronavirus y “descubren” los engaños del subsecretario de Salud, Hugo López-Gatell, a quien antiguos columnistas ya denuncian como un peligroso e indeseable candidato a la Presidencia en 2024, pero hasta donde sé no se han atrevido a preguntarle. 

 

O crónicas de corresponsales gringos que anuncian un Apocalipsis peor que el de Nueva York, pero incomparable con el de Nueva York, porque México off course es un país tercermundista, con un presidente folclórico de estampitas milagrosas, parte del jardín trasero de Estados Unidos, donde un backyardigan llamado David Lida presagia con horror cómo nos espera el futuro de Ecuador, con hospitales y cementerios desbordados, cadáveres cubiertos con plásticos en las aceras de las calles o en improvisadas cajas de cartón, para huevos, agreguemos, para sazonar con tremendismo esta prediction: “In a city so densely populated with vulnerable citizens, it’s hard not to fall into the black hole of apocalyptic scenarios. Reports from Guayaquil, Ecuador, may be a harbinger of Mexico City’s future: hospitals and graveyards bursting beyond capacity, corpses covered in plastic sheets on the sidewalks, or in makeshift cardboard caskets.” 

 

Y eso a pesar del Lenin neoliberal de Ecuador, así que qué nos espera entonces con el populista que recorta fideicomisos: Según esto, un escenario ideal para el Nosferatu del neoliberalismo herido ¿de muerte?, que quiere renacer con la sangre mexicana. 

 

Pero antes de estas predicciones periodísticas, unos muchachones ponen en práctica el terror financiero: Son dos, altos, morenos, con sobrepeso, con peinados de reguetoneros y mirada al estilo Cuauhtémoc Blanco, al contrario de Sylvia, ejercen sus privilegios de género y extorsionan a los comerciantes ya no tan ambulantes; decomisan en un puesto, ubicado estratégicamente entre una estación del Metro y otra de Metrobús, fritangas, dulces y pasas cubiertas de manteca vegetal con sabor a chocolate; el rudo jefe del próspero negocio reclama humildemente, les ofrece dinero y les entrega discretamente algunos billetes de 200 pesos, algo que en el inicio de esta crisis económica habla bien del suculento negocio administrado cotidianamente por las oficinas de vía pública de las alcaldías.

 

Los muchachos obesos, tranquilos, no se ablandan, tienen el poder, la palabra mágica, la representación de alguna mafia o de alguna autoridad, o de ambas. Quizás algún arma oculta, quizás algún grupo que les sirve de escudo pese a la presencia de los transeúntes, es difícil saberlo. Saben además que sus víctimas tienen dinero. Y miedo.

 

Y ellos, además, son golosos, ignoran casi con seguridad que son población de alto riesgo ante el covid 19, por diabetes o hipertensión, pero disfrutarán del dinero y de su botín, compuesto principalmente por los chocolates, que al parecer son una tentación irresistible, un placer obsceno y lascivo, para uno de ellos, que amontona los paquetes con embeleso en un cajón de plástico ad hoc. 

 

El puesto ambulante, por primera vez en varios años, ya no se pondrá en los días siguientes como efecto de ese terror que se llama cobro de piso. El dinero posiblemente se consuma en drogas, bebidas alcohólicas, con otros socios, alrededor de un Audi negro con las luces encendidas en pleno mediodía, escuchando al príncipe o reguetón, bajo el sofocante calor, como hacen unos vecinos, que bromean despreocupados con el coronavirus. 

 

Por un lado, vampiros a mediodía, por el otro, población de riesgo.

 

Como unos carretoneros viejos que pasan recogiendo cachivaches y muebles pasados de moda o maltratados, al tiempo que comparten a boca de pico una Coca cola, el combustible de los pobres para empujar el carretón y el sistema económico.

Por: Francisco Emilio de la Guerra
Por: Francisco Emilio de la Guerra

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